Es posible que lo hayáis oído en alguna serie o película, quizá de pasada en alguna información científica en las noticias. Pero, aunque no se nombre cada día al CERN (Centro Europeo para la Investigación Nuclear) en los periódicos, la realidad es que trabajan sin descanso para descubrir los secretos que aún guardan las partículas elementales o algo tan grande como el universo para la raza humana.

Con sede en la ciudad suiza de Ginebra y con actualmente 22 estados miembros (entre ellos, España), el CERN es el laboratorio de investigación básica más importante del mundo. Sus instalaciones, de aproximadamente 600 hectáreas en la región fronteriza franco-suiza próxima a dicha ciudad, albergan un conjunto interconectado de aceleradores de partículas entre los que se encuentra el Large Hadron Collider o Gran Colisionador de Hadrones (LHC).

Estas infraestructuras son, de manera muy resumida, la manera que tienen los científicos para averiguar qué se esconde en el interior de la materia. A lo largo de un túnel de 27 kilómetros de longitud y 9.300 imanes (que generan campos magnéticos 100.000 veces más potentes que la fuerza gravitacional de la Tierra), unas partículas diminutas llamadas quarks recorren esa distancia en sentido opuesto a una velocidad muy cercana a la de la luz (concretamente hasta el 99.9999991%). Cuando chocan entre ellas, generan millones de haces luminiscentes que son analizados por cuatro detectores: el mencionado LHC, y ATLAS, CMS y ALICE.

Pero, ¿para qué se hace esto? Tal y como señaló Albert Einstein en su Teoría de la Relatividad, la energía es igual a la masa por la velocidad de la luz al cuadrado. Ello implica que la masa a grandes velocidades se puede transformar en energía, mucha en este caso, que al estar “controlada” puede ser analizada por el sistema informático del CERN. Tanta concentración de partículas, algunas conocidas y otras no, podría parecerse, según defienden los científicos, al Big Bang, el fenómeno que dio origen al universo hace 13.700 millones de años o, en definitiva, el origen de todo lo conocido.

Y es ahí donde se quería llegar, cuando el 4 de julio de 2012 se reconoció la existencia del bosón de Higgs, ese elemento básico que hace que las teorías de física cuántica sean válidas y que hace que exista masa en el universo. Un hito histórico para la comunidad científica del CERN y la física de partículas, que confirmó las predicciones enunciadas por los físicos Peter Higgs y François Eggert.

Pero la investigación en esta inmensa instalación va mucho más allá de confirmar teorías físicas. Gracias al trabajo aquí realizado, se ha avanzado en otras muchas disciplinas como la medicina (los bisturís láser FEL de precisión milimétrica, la hadronterapia o los radiofármacos son posibles por la existencia del CERN), el medio ambiente (el acelerador de Transmutación de Residuos permite dividir residuos nucleares de larga duración y convertirlos en materia inocua) o algo tan básico como Internet (en 1989, estando en el CERN, Tim Berners-Lee inventó la World Wide Web).

En 2013, el CERN, junto con los físicos Peter Higgs y François Eggert, fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica. Un reconocimiento que no hace sino confirmar la vital importancia de proyectos de investigación como los que aquí se desarrollan.